Cavilaciones de cesantía
Diciembre 9, 2007

Estar cesante es una condición que encierra, en perfecto equilibrio, el conformismo y la desesperación. Con el paso de los días, semanas y meses uno se hace las preguntas lógicas e ineludibles : “¿Soy yo o el medio?¿Soy yo o el mundo?¿Nací para esto o deberé dedicar el resto de mis días a ordenar camisas en Ripley, vender casas que disfrutara cualquiera menos yo, contestar llamadas de gente que no conozco ni conocere o estacionar mi ociosidad por siempre en la eternidad de plazas y recovecos públicos destinados a la más recondita inutilidad nacional (los viejos y nosotros)?”
Es triste verse así. Desocupado. Pero pucha (s) que es cómodo.
El tiempo se dispersa en tramos. Mañanas lentas y prolongadas, nunca uno se debo levantar muy tarde (todo buen artista entiende la sutileza de su arte): las 10 AM son perfectas. Un buen desayuno, aunque nada muy portentoso como para menguar la caminata a la plaza para leer El Mercurio(ningún cesante lee La Tercera, sería absurdo y ese tipo sí que se pasaría para ser flojo). Luego se vuelve al hogar y mientras se espera en el almuerzo, se puede ver SQP. Más tarde Los Venegas y a la camita.
De esta forma se cierra el ciclo mañanero.
A eso de los cuatro de la tarde, el cesante abnegado se levanta a duras penas a comer el postre (es obvio que sí se tiene tiempo para comer algo entre el almuerzo y la hora del té eso será el postre). Más tarde se sale a estirar las piernas, aunque sólo en verano ya que el invierno se presta para seguir durmiendo. En la caminata se vuelve al hogar, al segundo hogar: la placita, el cuadro costumbrista de nuestra realidad laboral. Los niñitos pelusones jugando a la pelota, la nana con la guagua, las palomas, los viejitos ralentizados, los juegos horribles de plastico y colorinches, el motín social del oficinista esperando que caiga el sol para dentrarle a la nana u oficinista femenina de turno.
La plaza es lo mejor.
Luego la vuelta al hogar, a eso de las siete. Las siete de la tarde para los cesantes, es lo mismo que la primavera para los depresivos. Todos los laburantes retornan destrozados al hogar y el cesante impío se traslada relajado e inconsciente en su nube de atemporal ineptitud.
Llegas a casa, ves la teleserie. Hora muerta. Luego las Noticias, mejor esconderse en ese momento del día, todos sacan a relucir la maldición que es vivir. Que los tacos, que las micros, que la prueba en la U. Bah. Y repito: bah. Los cesantes nos mantenemos felices y contentos. No perecemos ni pasamos penas. ¿Por qué? Porque somos cesantes, la tribu elegida.
Por último corren las eternas noches. Horas y horas de no poder dormir. De lecturas y películas de Space en la madrugada.
Que fome. Que bien lo pasamos.